"El cuaderno de Fernando": una novela genealógica como material didáctico
Llevo todo un verano —el de la ficción, no el mío— acompañando a Ariel, alguien que pasa las vacaciones en casa de su abuelo Zacarías y descubre, en un arcón familiar, un cuaderno genealógico compilado siglos atrás por un escribano toledano del siglo XV. A partir de ahí, abuelo y nieto van abriendo carpetas, documento a documento, y reconstruyendo la historia de una familia que desciende de varias líneas distintas —hispanorromana, árabe-bereber, judía sefardí y franco-occitana con una rama vikinga— desde el siglo XV hacia atrás, hasta llegar, si el proyecto llega a buen puerto, a los primeros siglos de la Edad Media.
Nació como un experimento didáctico, mezcla de mi interés por la genealogía, por la historia medieval peninsular y por la literatura juvenil. Cada capítulo gira en torno a uno o dos documentos —un contrato, una carta de fianza, un acta notarial, una consulta rabínica— que Zacarías traduce y contextualiza para Ariel, y de paso para quien lea. Es, en el fondo, una manera de enseñar cómo se construye el conocimiento histórico: no como un relato ya hecho que hay que memorizar, sino como algo que se reconstruye pieza a pieza, contrastando fuentes, aceptando huecos que no se pueden llenar, y aprendiendo a distinguir el hecho documentado de la interpretación razonable, por plausible que esta última resulte.
Tengo que ser honesto con quien se acerque a este material: es una obra que puede resultar repetitiva en algunos tramos. La estructura se repite —nuevo documento, nuevo personaje, nueva explicación histórica— y seguirla exige cierta disciplina, la misma que Ariel ejerce con gusto genuino a lo largo de toda la novela, pero que no a todo el alumnado le saldrá igual de natural. Creo, sin embargo, que esa misma repetición tiene un valor pedagógico: interiorizar un método de trabajo con fuentes históricas requiere práctica sostenida, no un solo ejemplo brillante y aislado. Pediría al profesorado que lo use tener eso en cuenta y, quizá, dosificar la lectura en vez de plantearla de corrido.
La ambición del proyecto, de momento, es llegar hasta el principio de la Edad Media —los siglos VI y VII, con los primeros antepasados hispanorromanos y bereberes documentados en el árbol—, y si el tiempo y las fuerzas acompañan, me gustaría en el futuro extender el mismo mecanismo hacia la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, para que Ariel pueda seguir tirando del hilo de la historia.
Quiero pedir disculpas de antemano por las licencias literarias que me he permitido, y por los errores que sin duda contendrá el texto, algunos ya corregidos sobre la marcha y otros que probablemente se me habrán colado sin que los detectara. Es un proyecto vivo, hecho con cariño pero también con las limitaciones propias de compaginarlo con todo lo demás, y agradeceré cualquier corrección o sugerencia de quien lo lea con ojo crítico.
Por último, una cuestión de transparencia: la idea original, el proyecto pedagógico, la premisa y las líneas maestras de la trama son mías; la redacción de los capítulos, así como la creación de los linajes, las fechas y las historias particulares de los personajes medievales, se ha hecho con trabajo infatigable de Claude, de Anthropic. Creo que forma parte también de lo que puede discutirse en el aula, si se quiere, sobre cómo se construye hoy un material didáctico y qué papel puede jugar una herramienta así en ese proceso.
Ariel. Ancestros medievales. I. El cuaderno de Fernando (libro en PDF)
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