El apagón había comenzado poco después de las siete.
Primero se habían apagado las luces de las casas; unos segundos después, las farolas de las calles y, finalmente, las pantallas de los teléfonos, que habían dejado de recibir señal. Los ordenadores se habían convertido en objetos inútiles. Tampoco funcionaba internet. En las ventanas comenzaban a aparecer personas asomándose. Todavía quedaba suficiente claridad para distinguir los edificios y los árboles.
Platón y Lothar habían salido a caminar por un sendero que bordeaba un pequeño parque. El sol descendía lentamente detrás de las casas. Había algo extraño en aquella tarde: la ausencia de pantallas parecía haber devuelto a las calles una dimensión que normalmente permanecía oculta.
Lothar caminaba con las manos en los bolsillos. Parecía contrariado.
—No entiendo qué está pasando. Es increíble que en pleno siglo XXI un apagón pueda dejarnos prácticamente incomunicados.
—¿Incomunicados? —preguntó Platón—. ¿No estamos acaso hablando?
—Me refiero a que no podemos consultar nada. Ni buscar información, ni contrastar una noticia, ni acceder a nuestros documentos.
—Entonces, querido Lothar, quizá hoy tengamos la oportunidad de descubrir si sabemos algo cuando no podemos consultar aquello que nos recuerda lo que sabemos.
Lothar lo miró de reojo.
—Siempre empiezas así, Platón. Con una frase que parece profunda y que luego resulta ser una trampa.
—No es una trampa. Es una pregunta. ¿Qué diferencia hay entre saber algo y poder encontrarlo?
—Saberlo es tenerlo en la cabeza. Encontrarlo es buscarlo.
—¿Y qué ocurre cuando lo encontramos, pero no sabemos interpretarlo?
—Entonces tenemos información, pero no conocimiento.
Platón asintió.
—Acabas de formular una cuestión fundamental para la enseñanza de la Historia.
I. Alumnado que conoce las fechas pero no comprende el pasado
Caminaron unos metros en silencio. Unos niños jugaban en una plaza cercana. Sus voces llegaban amortiguadas por la distancia.
—Platón, quiero preguntarte algo. ¿Qué debería aprender realmente un alumno cuando estudia Historia?
—Antes de responderte, dime qué crees tú que debería aprender.
—Los acontecimientos, las fechas, los personajes, las causas y las consecuencias. Después, naturalmente, debería aprender a interpretar documentos y elaborar sus propias conclusiones.
—¿Y consideras que esas cosas son independientes?
—No exactamente. Pero una cosa es conocer la Historia y otra saber analizarla.
—Bien. Imagina a dos alumnos. El primero conoce las fechas de la Revolución francesa, identifica a sus protagonistas y puede explicar las etapas del proceso. El segundo conoce todo eso y, además, comprende por qué las decisiones de los revolucionarios estuvieron condicionadas por las circunstancias de su tiempo. ¿Cuál de los dos sabe Historia?
—El segundo, evidentemente.
—¿Y el primero?
—Tiene conocimientos, pero le falta comprensión.
—No te apresures. ¿Estás seguro de que el segundo podría comprender aquellas decisiones sin conocer previamente las circunstancias económicas, sociales, religiosas y políticas de Francia?
—No.
—Entonces quizá debamos abandonar una oposición bastante extendida entre conocer y pensar. No se puede pensar históricamente sobre aquello que se desconoce.
—Eso parece bastante evidente.
—Lo parece. Sin embargo, algunas propuestas educativas han presentado la transmisión de contenidos y el desarrollo de competencias como si fueran objetivos enfrentados. Se ha llegado a sugerir que el alumno puede aprender a investigar, interpretar y razonar sin necesitar un conocimiento histórico suficientemente desarrollado.
—Pero eso sería absurdo. Si quiero que mis alumnos interpreten un documento sobre la Primera Guerra Mundial, antes tienen que conocer el siglo XIX.
—¿Qué deberían conocer?
—La industrialización, el imperialismo, los nacionalismos, las transformaciones sociales, las rivalidades entre potencias, los sistemas de alianzas...
—¿Y cuándo deberían estudiar esos contenidos?
—Antes de analizar los documentos de 1914. En cuarto de ESO, por ejemplo, después de haber trabajado el siglo XIX.
—Entonces, Lothar, tu objeción es importante. El pensamiento histórico no se desarrolla en el vacío. Necesita una arquitectura de conocimientos sobre la que operar.
—Exactamente. No se puede presentar un documento y esperar que el alumno descubra por sí mismo todo el contexto.
—¿Y significa eso que basta con explicar primero los contenidos y después pedir que los repitan?
—No. También tienen que aprender a utilizarlos.
Platón se detuvo junto a un banco. El sol iluminaba todavía la parte superior de los edificios, mientras las aceras comenzaban a oscurecerse.
—Has llegado a una distinción que merece nuestra atención. Conocer un proceso histórico y saber movilizar ese conocimiento para interpretar una fuente son aprendizajes diferentes, aunque estén profundamente relacionados.
—¿Y no deberían enseñarse conjuntamente?
—Precisamente. Pero no confundas una cosa con otra. Un alumno puede haber estudiado el imperialismo y, sin embargo, interpretar incorrectamente un discurso colonial. Puede conocer las alianzas europeas y no comprender por qué un diplomático de 1905 percibía una amenaza de manera diferente a como la percibimos nosotros.
—Entonces el problema no es necesariamente que no sepa los contenidos.
—En efecto. Puede ser que no sepa utilizarlos, que no haya comprendido determinadas relaciones o que necesite una contextualización más precisa.
Lothar se quedó pensativo.
—Eso cambia bastante la manera de plantear las actividades.
—No tanto como imaginas. Quizá cambie, sobre todo, la manera de entenderlas.
II. La extraña naturaleza del pensamiento histórico
Reanudaron la marcha. En una calle próxima, alguien hablaba con un vecino del edificio de enfrente. No había ruido de televisores ni música procedente de los establecimientos. En las calles había más gente que de costumbre.
—He leído que pensar históricamente es una actividad poco natural —dijo Lothar—. ¿Qué significará exactamente?
—Que nuestra mente no está espontáneamente preparada para comprender el pasado en sus propios términos.
—Pero todos tenemos capacidad para comprender lo que sucedió.
—¿Comprenderlo o imaginarlo?
—¿Qué diferencia hay?
—Mucha. Cuando contemplas una sociedad del pasado, tiendes a introducir en ella tus propias categorías. Juzgas sus instituciones, sus decisiones y sus creencias desde el mundo en el que tú vives.
—Eso es el presentismo.
—Así es. Pero no es el único problema. También tendemos a interpretar los acontecimientos como si sus protagonistas conocieran el desenlace.
—Porque nosotros sí lo conocemos.
—Precisamente. Imagina que explicas la Revolución francesa. Sabes que terminará con Napoleón, que habrá un Imperio y que Europa experimentará transformaciones profundas. Pero ¿lo sabían quienes se reunieron en los Estados Generales de 1789?
—Naturalmente que no.
—Entonces, ¿por qué narramos a veces los acontecimientos como si cada decisión condujera necesariamente a la siguiente?
—Porque conocemos el resultado y organizamos el relato desde él.
—Has descubierto una de las trampas más persistentes de la enseñanza histórica: convertir el pasado en un camino que conduce inevitablemente al presente.
Lothar sonrió.
—Pero tampoco podemos enseñar todos los acontecimientos posibles que no sucedieron.
—No. Ni sería necesario. Lo importante es que el alumno comprenda que las personas del pasado actuaban en circunstancias abiertas, con información limitada y con diferentes alternativas.
—¿Y cómo se enseña eso?
—Preguntando por las posibilidades que existían en cada momento. No para inventar historias fantásticas, sino para comprender la incertidumbre histórica.
—Por ejemplo, preguntar qué alternativas tenía Luis XVI en 1789.
—O qué opciones consideraban viables los distintos grupos revolucionarios. También puedes preguntar por qué una decisión que parecía razonable en un momento determinado terminó produciendo consecuencias inesperadas.
—Eso exige bastante más que aprender una secuencia de acontecimientos.
—Pero exige también conocer esa secuencia. No olvides lo que acabamos de discutir.
III. El relato que construye una nación
Habían llegado a una pequeña elevación desde la que se distinguían los tejados del barrio. El cielo conservaba una franja anaranjada en el horizonte.
—Hay otra cuestión que me preocupa —dijo Lothar—. La Historia que enseñamos siempre tiene que seleccionar contenidos. No podemos explicarlo todo.
—¿Y cómo decides qué merece ser explicado?
—Por su relevancia histórica, por el currículo, por el tiempo disponible y por los objetivos educativos.
—¿Y quién decide qué acontecimientos son relevantes?
—Los historiadores, los responsables del currículo, las editoriales... También influye la tradición académica.
—Entonces, ¿el relato histórico que recibe un alumno es una representación completa del pasado?
—No. Es una selección.
—¿Y qué ocurre con aquello que queda fuera?
—No aparece en su conocimiento del pasado.
—¿Podría decirse que los silencios de un libro de texto también enseñan?
Lothar tardó unos segundos en contestar.
—Sí. Aunque no necesariamente de manera intencionada.
—Pensemos en la historia de las naciones. ¿Crees que la enseñanza de la Historia ha tenido alguna vez la función de construir identidades colectivas?
—Desde luego. Los sistemas educativos nacionales del siglo XIX utilizaron la Historia para construir una memoria común.
—¿Y cómo se consigue?
—Seleccionando acontecimientos, personajes y procesos que permiten construir una narración compartida.
—¿Podrías ponerme un ejemplo?
—La historia de España. Podemos presentar una secuencia que comienza con Hispania romana, continúa con el reino visigodo, después con la Reconquista, la unión dinástica, la monarquía hispánica y finalmente el Estado contemporáneo.
—¿Y qué problema podría existir en esa secuencia?
—Que parezca que España ha sido siempre una entidad política y nacional que simplemente ha ido transformándose.
—¿Y no es así?
—No exactamente. Las identidades políticas, territoriales y culturales han cambiado mucho. No podemos proyectar la idea contemporánea de España sobre las sociedades medievales.
Platón observó el horizonte.
—¿Y qué sucede cuando alguien cuestiona esa narración?
—A veces se interpreta como un ataque a la propia identidad nacional.
—Entonces, ¿el historiador y el profesor deben renunciar a cuestionarla para evitar conflictos?
—No. Deben distinguir entre la existencia de una comunidad histórica y las interpretaciones que se construyen sobre su origen y continuidad.
—Muy bien. La pertenencia a una comunidad no debería exigir la aceptación acrítica de una narración sobre su pasado.
—Pero tampoco deberíamos sustituir una narración nacional por otra que invierta simplemente sus protagonistas.
—¿Por qué?
—Porque seguiríamos utilizando la Historia para construir identidades cerradas, solo que con otros protagonistas.
Platón asintió.
—Has comprendido algo importante: la pluralidad de perspectivas no consiste en sustituir una ortodoxia por otra. Consiste en ampliar la capacidad de comprender el pasado y someter las interpretaciones a la evidencia.
IV. La empatía y el peligro de imaginar demasiado
Una ligera brisa comenzó a recorrer el camino. Lothar se subió la cremallera de la chaqueta y miró el reloj.
—Hay una actividad que siempre me ha producido cierta desconfianza —dijo—. Pedir a los alumnos que se pongan en el lugar de una persona del pasado.
—¿Por qué?
—Porque pueden acabar imaginando lo que ellos mismos sentirían en esa situación, sin comprender realmente la mentalidad de aquella época.
—¿Y no es eso precisamente lo que se pretende evitar?
—Debería serlo. Si pido a un alumno que imagine que es un campesino medieval, puede introducir en su personaje ideas actuales sobre libertad, igualdad, derechos individuales o justicia social.
—¿Y qué debería hacer en su lugar?
—Reconstruir las condiciones en las que vivía aquella persona. Su dependencia económica, sus creencias religiosas, sus obligaciones jurídicas, su relación con la autoridad...
—¿Y si después de comprender todo eso sigue considerando injusta aquella sociedad?
—Puede hacerlo. Comprender históricamente una institución no significa justificarla moralmente.
—Entonces, ¿la empatía histórica no consiste en sentir lo que sentía otro?
—No necesariamente. Consiste, ante todo, en comprender por qué aquella persona podía pensar y actuar de determinada manera.
Platón pareció satisfecho.
—Has establecido una distinción que muchos confunden: comprender no es aprobar.
—Y tampoco hay que convertir la Historia en un ejercicio de imaginación emocional.
—La imaginación puede ser útil, Lothar, siempre que esté gobernada por el conocimiento.
V. La cronología y el tiempo
El sol había desaparecido ya detrás de las montañas. Todavía podían caminar sin dificultad, aunque las sombras habían ganado ya todo el terreno.
—Quisiera preguntarte algo sobre la cronología —dijo Lothar—. Hay propuestas pedagógicas que parecen considerar que memorizar fechas es una actividad poco importante.
—¿Y tú qué piensas?
—Que es necesario conocerlas, pero no basta con memorizarlas.
—¿Por qué?
—Porque las fechas permiten situar acontecimientos, pero la Historia requiere comprender las relaciones entre ellos.
—Dame un ejemplo.
—La industrialización británica. No basta con conocer cuándo comenzó. Hay que comprender su relación con las transformaciones agrícolas, el crecimiento comercial, las innovaciones técnicas, la expansión imperial y los cambios demográficos.
—¿Y todos esos procesos sucedieron al mismo tiempo?
—No exactamente. Algunos comenzaron antes, otros se desarrollaron simultáneamente y otros fueron consecuencias posteriores.
—Entonces, ¿qué te proporciona la cronología?
—La posibilidad de establecer relaciones temporales. Distinguir lo anterior de lo posterior, reconocer simultaneidades, identificar ritmos diferentes y comprender continuidades y rupturas.
—¿Y no podrías hacerlo sin memorizar fechas?
—Podría reconocer algunas relaciones, pero tendría dificultades para construir una estructura temporal precisa.
—Entonces, ¿el problema no es la cronología, sino reducirla a una colección de fechas?
—Exactamente.
—Quizá lo mismo suceda con otros conocimientos. Una herramienta intelectual puede convertirse en una actividad mecánica cuando olvidamos para qué sirve.
Lothar no respondió. Había empezado a comprender que muchas de las discusiones pedagógicas que parecían enfrentamientos entre métodos diferentes eran, en realidad, discusiones sobre el uso que se hacía de los conocimientos.
VI. Las explicaciones históricas y sus límites
Pasaron junto a una pequeña iglesia. Sus puertas estaban abiertas, como siempre, y las ventanas reflejaban el color gris apagado del cielo.
—Platón, hay algo que me parece especialmente difícil de enseñar: las causas históricas.
—¿Por qué?
—Porque los alumnos suelen buscar una causa única. Si preguntamos por qué estalló la Primera Guerra Mundial, buscan una respuesta concreta.
—¿Y cuál les das?
—Les explico el nacionalismo, el imperialismo, las rivalidades entre potencias, los sistemas de alianzas, el militarismo y la crisis de los Balcanes. Después distinguimos los factores estructurales del desencadenante inmediato.
—¿Y qué dificultad encuentran?
—A veces confunden el asesinato de Sarajevo con la causa completa de la guerra. O consideran que las alianzas hicieron inevitable el conflicto.
—¿Y cómo podrías hacerles comprender que la Historia no es una máquina?
—Mostrándoles que las estructuras condicionan las decisiones, pero no las determinan absolutamente.
—¿Podrías explicar la guerra sin hablar de las decisiones de los individuos?
—No. Pero tampoco podría explicarla únicamente mediante las decisiones de los individuos.
—Entonces, ¿qué debe hacer una explicación histórica?
—Combinar diferentes escalas: estructuras económicas, circunstancias políticas, ideologías, decisiones personales y acontecimientos contingentes.
Platón se detuvo y miró hacia el cielo.
—¿Y todas las explicaciones que combinan esos factores son igualmente válidas?
—No. Tienen que estar fundamentadas en evidencias.
—¿Y cómo reconoces una explicación mejor fundamentada?
—Porque explica más elementos, establece relaciones coherentes, utiliza fuentes pertinentes y resiste la comparación con otras interpretaciones.
—Entonces la Historia no es una disciplina en la que cada cual puede opinar libremente.
—No. Hay interpretaciones diferentes, pero no todas tienen el mismo valor.
—Me alegra oírlo. La libertad de interpretar no debe convertirse en libertad para ignorar las pruebas.
VII. El problema de las competencias
Habían llegado a una avenida. Los coches estaban tratando de cruzar debido a los semáforos apagados. Algunos conductores habían salido de sus vehículos tras aparcar para esperar a que volviera la luz.
—Hay algo que todavía no hemos resuelto —dijo Lothar—. La cuestión de las competencias.
—¿Qué ocurre con ellas?
—Que a veces se convierten en una finalidad en sí mismas. El alumno analiza fuentes, clasifica causas, elabora esquemas, hace exposiciones y desarrolla proyectos, pero no necesariamente adquiere una comprensión profunda de los procesos históricos.
—¿No sería posible que estuviese aprendiendo a hacer todas esas cosas?
—Sí, pero también podría estar repitiendo procedimientos sin comprenderlos.
—¿Y qué diferencia habría?
—Que podría saber identificar la intencionalidad de un documento porque ha aprendido a contestar una pregunta típica, pero no porque comprenda realmente las circunstancias históricas que explican esa intencionalidad.
—Entonces, ¿las competencias pueden convertirse en una nueva forma de mecanización?
—Exactamente. Podemos sustituir la memorización mecánica por la ejecución mecánica de actividades competenciales.
Platón permaneció callado unos instantes.
—¿Y qué propondrías?
—Una enseñanza que combine conocimientos sustantivos, conceptos históricos y procedimientos de investigación. Primero, una secuenciación rigurosa de los contenidos. Después, actividades que obliguen a movilizar esos conocimientos para interpretar y construir explicaciones.
—¿Y no es eso precisamente lo que defendías al principio?
—Sí. Pero ahora creo que lo comprendo mejor.
—¿Qué has comprendido?
—Que no debemos enfrentar la transmisión de conocimientos con el pensamiento histórico. La cuestión es cómo organizar su aprendizaje para que el conocimiento no se quede en una reproducción superficial.
Platón sonrió ligeramente.
—Entonces quizá hayas aprendido algo esta tarde.
VIII. Luces y sombras
La oscuridad había comenzado a cubrir las calles. En algunos edificios se distinguían las llamas de las velas. El apagón continuaba y no sabían cuánto duraría. Lothar se detuvo para hacer una pregunta más seria y concluyente, ya que estaban llegando a su lugar de despedida.
—Platón, quiero hacerte una última pregunta. ¿Para qué sirve realmente enseñar Historia?
—¿Qué responderías tú?
—Para conocer el pasado, comprender el presente y desarrollar pensamiento crítico.
—Es una respuesta correcta. Pero demasiado fácil.
—¿Por qué?
—Porque podrías repetirla en cualquier programación didáctica sin haber reflexionado demasiado sobre su significado.
Lothar guardó silencio.
—Déjame intentarlo de nuevo —dijo finalmente—. Enseñar Historia sirve para que una persona comprenda que el mundo en el que vive no ha existido siempre, que sus instituciones, sus creencias, sus fronteras y sus formas de organización son el resultado de procesos históricos.
—Continúa.
—También sirve para comprender que las personas del pasado vivían en circunstancias distintas, que sus decisiones tenían sentido dentro de sus propios contextos y que no podemos reducirlas a nuestras categorías actuales.
—Continúa.
—Y sirve para reconocer que las explicaciones históricas no son simples relatos de acontecimientos, sino construcciones que deben fundamentarse en pruebas, contrastarse y revisarse.
Platón permaneció unos instantes en silencio.
—¿Y qué consecuencia tiene todo eso para el presente?
—Que dejamos de considerarlo inevitable.
—¿Y por qué es importante?
—Porque si comprendemos que las sociedades han cambiado, que sus instituciones han sido construidas y que las circunstancias podrían haber sido diferentes, también comprendemos que nuestro mundo no está condenado a permanecer como está.
Platón miró hacia las ventanas iluminadas por las velas.
—¿Crees entonces que enseñar Historia es enseñar a imaginar otros mundos?
—No exactamente. Es enseñar a comprender que el mundo real tiene una historia y que, por tanto, no es el único mundo posible.
—Ahora sí has respondido.
Lothar observó una farola que seguía apagada.
—Es curioso. Hemos pasado toda la tarde hablando de Historia sin consultar un documento, sin utilizar un ordenador o móvil y sin buscar nada en internet.
—¿Y eso te parece extraño?
—Un poco. Estamos acostumbrados a pensar que para aprender necesitamos disponer de información.
—Y esta tarde has descubierto que también necesitamos tiempo para ordenar lo que sabemos, preguntas para ponerlo a prueba y alguien que nos obligue a precisar lo que decimos.
—¿Aunque ese alguien sea un filósofo griego que lleve unos cuantos siglos muerto?
—No te preocupes. También yo tengo mis dificultades con la pedagogía contemporánea.
Lothar liberó una suave risa ladeada.
Continuaron caminando. La oscuridad había terminado de teñir de azabache el pabellón celeste. No quedaba nada en el horizonte.
—Platón.
—¿Sí?
—Creo que mañana, o cuando sea que vuelva la luz, voy a cambiar algunas cosas de mis clases.
—¿Qué cosas?
—No lo sé todavía. Pero quizá empiece por una pregunta.
—¿Cuál?
—Cuando un alumno o alumna me dé una respuesta histórica, no le preguntaré solamente si es correcta. Le preguntaré qué conocimientos le permiten sostenerla.
—Y cuando te responda, ¿qué harás?
—Le pediré que me explique cómo ha llegado hasta ella.
Platón asintió.
—Bien. Suele decirse que todo es perfectible. Pero aquí estamos para aprender, Lothar. No lo olvides. Para formarnos eternamente. Hazlo y entonces habrás comenzado a enseñar Historia.
Lothar miró a su maestro, a su viejo profesor de instituto, ya jubilado, que todavía tenía que enseñarle tantas cosas. Se apenaba por tener que despedirse, tal vez fuera su última lección.
Seguían a oscuras.
—Espero que vuelva la luz. ¿Crees que estaremos toda la noche a oscuras?
—Eso dependerá de quien lo esté solucionando, querido Lothar. La verdad histórica, por fortuna, no necesita electricidad. Aunque si lo dices literalmente, yo prefiero dormir a oscuras.
Rieron los dos.
Y ambos siguieron caminando un minuto más, mientras la noche empezaba a cantar su pequeña serenata.


