Capítulo 12 — Las preguntas que no caben en un documento
Aquella noche, después de cenar, el tío se quedó viendo la televisión en el salón y la madre se retiró pronto a acostarse, cansada de un día de sol en la piscina del pueblo. Ariel y Zacarías se quedaron en el porche, con la mesa ya recogida y solo dos vasos de agua entre ellos, y fue entonces cuando Ariel hizo la pregunta que llevaba rondándole desde que habían cerrado la carpeta de Samuel.
—¿Por qué perseguían tanto a los judíos? O sea, ya sé que pasaba, lo hemos visto en clase, pero nunca me han explicado bien el motivo. Como si fuera algo que simplemente pasaba, sin más.
Zacarías se quedó un momento en silencio, el tipo de silencio que Ariel ya reconocía como el de alguien ordenando una respuesta que merece la pena dar bien.
—Es una pregunta enorme, y no tiene una sola respuesta, sino varias que se fueron entrelazando durante siglos. Voy a intentar explicarte las más importantes, sin simplificar demasiado, aunque tampoco te voy a dar ahora mismo un tratado entero.
—Vale.
—La primera razón es religiosa, y es la más antigua de todas. Desde los primeros siglos del cristianismo, gran parte de la teología cristiana se construyó, en parte, sobre la idea de que los judíos habían rechazado a Jesús como mesías. Eso, con el tiempo, se transformó en una acusación colectiva que fue mucho más allá de la teología: a los judíos se les responsabilizaba, de una manera que hoy nos resulta absurda pero que en la época se repetía constantemente, de la muerte de Cristo, como si fuera una culpa que se heredaba de generación en generación.
—Pero eso había pasado hacía muchísimos siglos.
—Exacto, y ese es un punto importante: la persecución no se sostenía en un hecho real y reciente, sino en una narrativa religiosa que se repetía una y otra vez desde los púlpitos, en sermones, en representaciones populares durante Semana Santa, hasta que se convertía en algo que la gente sentía como verdad incuestionable, aunque no tuviera relación directa con ningún judío real de su propia época.
Ariel dio un sorbo de agua, pensativo.
—¿Y la segunda razón?
—La segunda es económica, y esta es más compleja de explicar bien. Durante buena parte de la Edad Media, la Iglesia prohibía a los cristianos prestar dinero con interés, porque lo consideraba un pecado, la llamada usura. Los judíos, en cambio, no estaban sujetos a esa prohibición dentro de su propia ley religiosa, al menos no de la misma manera, y en muchos reinos europeos se les permitía, e incluso a veces se les obligaba, a dedicarse a actividades financieras como el préstamo. Eso generó una situación muy perversa con el tiempo: los reyes y los nobles necesitaban constantemente dinero prestado, recurrían a prestamistas judíos, y luego, cuando les convenía no devolver esas deudas o cuando necesitaban un chivo expiatorio para la ira popular por los impuestos o las crisis económicas, era muy fácil dirigir esa rabia hacia la comunidad judía en su conjunto, aunque la inmensa mayoría de los judíos no fueran prestamistas ni tuvieran nada que ver con las finanzas reales.
—O sea que los usaban como excusa.
—Muchas veces sí, exactamente así. Y hay una tercera razón, que tiene que ver con algo más difícil de nombrar: la sensación, por parte de las mayorías cristianas, de que los judíos eran una comunidad distinta, con sus propias leyes, su propia lengua religiosa, sus propias costumbres, que vivía dentro de la sociedad cristiana pero no se disolvía en ella. Eso, en periodos de calma, se toleraba con mayor o menor incomodidad. Pero en momentos de crisis, de epidemias, de hambrunas, de guerras, esa diferencia se convertía fácilmente en sospecha, y la sospecha en acusaciones todavía más graves y disparatadas.
—¿Como cuáles?
Zacarías dudó un momento, como midiendo si Ariel estaba preparado para lo que venía, y decidió que sí.
—Como la acusación de que los judíos envenenaban los pozos para causar epidemias. O la más grave y más falsa de todas, el llamado libelo de sangre: la acusación de que secuestraban niños cristianos para usar su sangre en rituales religiosos. Ninguna de esas dos cosas tenía la más mínima base real, eran completamente inventadas, pero se repitieron durante siglos por toda Europa y provocaron matanzas terribles cada vez que alguna comunidad local decidía creérselas, casi siempre en momentos de tensión social que necesitaban una explicación sencilla y un culpable a mano.
Ariel se quedó callado un momento, con la mirada perdida hacia el jardín oscuro, donde ya solo se distinguían las siluetas de los árboles contra un cielo todavía con algo de claridad.
—Entonces lo de 1391, lo que le pasó a la familia de Samuel probablemente, ¿fue una de esas oleadas?
—Fue una de las peores. En 1391 hubo una oleada de disturbios violentos contra las juderías de toda la Península, que empezó en Sevilla y se extendió por Córdoba, Toledo, Valencia, Barcelona y muchas otras ciudades. Miles de personas murieron, y muchísimas más se convirtieron al cristianismo bajo la amenaza directa de la violencia, no por convicción religiosa sino por puro instinto de supervivencia. Ese fue probablemente el momento, o poco después, en que la familia de Samuel dejó de practicar abiertamente el judaísmo.
—¿Y después de convertirse ya estaban a salvo?
Zacarías negó despacio con la cabeza.
—Ese es quizás el dato más triste de todo esto. No, no estaban a salvo del todo. Con el tiempo surgió una sospecha nueva, específicamente dirigida contra los conversos: la idea de que muchos de ellos seguían practicando el judaísmo en secreto, solo fingiendo ser cristianos por fuera. A esa sospecha se le llamó judaizar, y perseguir a la gente por sospecha de judaizar fue precisamente uno de los motivos principales por los que, unas décadas después de la época de Samuel, se creó la Inquisición en Castilla.
—Entonces convertirse tampoco solucionaba el problema.
—No siempre. Para algunas familias, con el tiempo, sí sirvió para integrarse completamente y desaparecer del todo cualquier sospecha, sobre todo si conseguían distanciarse geográfica y socialmente de su comunidad de origen, como parece que hizo la familia de Samuel al construir una posición respetable como médicos en Toledo. Pero para otras familias, la conversión no fue el final de la persecución, sino solo el principio de una nueva forma de sospecha, más silenciosa pero igual de peligrosa: ya no te perseguían por ser judío, sino por la posibilidad, real o inventada, de que siguieras siéndolo en secreto.
Ariel se quedó mirando el vaso de agua, ya vacío, dándole vueltas entre las manos.
—Es una historia horrible, contada así, del tirón.
—Lo es. Y es importante que la sientas así, con esa incomodidad, en lugar de solo memorizarla como un dato de un examen. La historia de verdad casi nunca es cómoda. Y cuando empiezas a mirarla a través de una familia concreta, con nombres y documentos, en lugar de a través de números y fechas generales, esa incomodidad se vuelve todavía más real, porque ya no estás hablando de "los judíos de la Edad Media" en abstracto, sino de alguien como Samuel, que tuvo que decidir entre morir o cambiar de vida, y que después probablemente pasó el resto de sus días con miedo de que ese cambio no fuera suficiente para protegerlo del todo.
Se quedaron un rato más en el porche, sin hablar, escuchando los grillos y el silencio grande del campo por la noche, hasta que Zacarías se levantó por fin y recogió los vasos.
—Mañana seguimos con Marco Grimaldi, el padre de Catalina. Un cambio de aires, para variar: de Toledo otra vez a Valencia.
Ariel asintió, pero se quedó un momento más en el porche, solo, mirando hacia la oscuridad del jardín, pensando que aquel verano estaba resultando ser mucho más de lo que había imaginado el primer día, cuando entró en la biblioteca solo porque no tenía nada mejor que hacer.
Capítulo 13 — Repaso antes de Valencia
Antes de entrar en la biblioteca, Ariel se sentó un rato en el porche con la libreta abierta sobre las rodillas, repasando lo escrito hasta entonces. Habían pasado ya varios días desde la primera entrada, y las páginas se habían ido llenando de una letra que empezaba apretada y nerviosa, casi copiando sin querer el estilo de los documentos antiguos, y que poco a poco se había ido soltando hasta convertirse en algo más propio.
Repasó por encima las primeras anotaciones. El testamento de Diego, con la mención a "los papeles del linaje". La carta de Catalina, con su miedo disimulado detrás de la palabra "encara". El cuaderno de Fernando, con su fórmula completa para su padre y su fórmula incompleta para su mujer. El contrato de Rodrigo con los Grimaldi, que unía dos familias una generación antes de que un matrimonio lo hiciera oficial. El documento escueto de Mencía, tierra comprada en Orgaz sin nombre de padre. Y por último Samuel, el físico con licencia real que guardaba en un cajón una carta en hebreo que su yerno decidió no explicar nunca.
Debajo de todo eso, en la página más reciente, había escrito la noche anterior, después de la conversación en el porche:
Hoy hemos hablado de por qué perseguían a los judíos. Zacarías dice que fue una mezcla de cosas: religión, dinero, miedo a lo distinto. Y que convertirse tampoco solucionaba el problema del todo, porque después empezaron a sospechar de los conversos también. Me ha quedado una sensación rara, como si Samuel nunca hubiera podido estar tranquilo del todo, ni antes ni después de convertirse.
Creo que lo que más me está costando de este verano no es leer la letra antigua. Eso ya se me da mejor. Lo que más me cuesta es aceptar que la gente de hace tantos siglos tenía miedo de verdad, un miedo tan real como el mío por cualquier cosa normal, y que ese miedo forma parte de quiénes somos ahora, aunque nadie nos lo hubiera contado antes.
Cerró la libreta un momento, mirando hacia el jardín, y luego escribió una última línea:
Hoy toca Marco Grimaldi. Cambio de escenario: Valencia.
En la biblioteca, Zacarías ya tenía la carpeta preparada sobre la mesa cuando Ariel entró, con el tío sentado a un lado, todavía masticando el último trozo de un bollo del desayuno.
—¿Qué tal la relectura? —preguntó Zacarías, que debía de haber visto a Ariel escribiendo en el porche.
—Rara. Es raro leer lo que escribiste hace unos días sobre algo que en ese momento parecía nuevo y ahora ya parece casi normal.
—Esa sensación no cambia con la edad, por si te sirve de consuelo. Cuanto más escribas sobre algo, más rápido deja de sorprenderte lo que al principio te dejaba sin palabras.
Abrió la carpeta.
—Bueno. Marco Grimaldi. El padre de Catalina, el abuelo de Diego por parte de su madre. Aquí cambiamos completamente de mundo: dejamos Toledo, dejamos Castilla, y nos vamos al puerto de Valencia, que en esta época es una de las ciudades más ricas y más cosmopolitas de todo el Mediterráneo occidental.
—¿Por qué era tan importante Valencia? —preguntó el tío.
—Porque estaba en el cruce de varias rutas comerciales fundamentales: el comercio con Italia, con el norte de África, con el resto de la Corona de Aragón, incluso con zonas más lejanas del Mediterráneo oriental. Y en ese puerto había una colonia de mercaderes genoveses tan numerosa y tan bien organizada que tenía su propio consulado, con representantes que defendían sus intereses ante las autoridades locales, casi como si fuera una pequeña embajada comercial dentro de la ciudad.
Ariel abrió la carpeta y sacó el primer documento: un papel más ancho que los anteriores, con varias columnas y una letra distinta, más inclinada.
—Esto tiene números —dijo Ariel, mirando las columnas.
—Es un registro del consulado genovés de Valencia. Una especie de libro de cuentas donde se anotaban las mercancías que entraban y salían bajo la protección de los mercaderes genoveses de la ciudad. Marco aparece aquí en varias líneas, como responsable de distintos envíos.
—¿Qué tipo de mercancías?
—Fíjate en esta columna —dijo Zacarías, señalando una serie de palabras abreviadas—. Esto pone "pa." varias veces, que es abreviatura de "paños". Y aquí, "espec.", que es "especias". Marco comerciaba con textiles, como el abuelo Rodrigo en Toledo, aunque a una escala mucho mayor, porque además de paños traía especias desde puertos mucho más lejanos, probablemente a través de escalas en Italia.
El tío se inclinó sobre el documento, intentando seguir las columnas.
—Entonces cuando Rodrigo y Battista Grimaldi hicieron aquel contrato en Toledo, ¿Battista era hijo de este Marco?
—Exacto. Battista es hijo de Marco y, con el tiempo, padre de Catalina. Lo que estamos viendo hoy es la generación anterior a esa: el fundador, en cierto modo, de la rama valenciana de la familia Grimaldi, que después se ramificaría hacia Toledo a través del matrimonio de Catalina con Diego.
Ariel pasó al segundo documento de la carpeta, un papel más pequeño y con una letra completamente distinta, muy cuidada, casi decorativa.
—Este parece un contrato de matrimonio —dijo, reconociendo ya el tipo de fórmulas notariales que aparecían en esos casos.
—Es el contrato de dote entre Marco y su esposa, Violant de Montpellier, de hacia 1417. Y aquí hay algo interesante que conecta con lo que ya vimos con la carta de Catalina: fíjate en el nombre de la esposa.
—Montpellier. Como la ciudad de Francia.
—Como la ciudad del sur de Francia, sí. Violant no era genovesa como Marco, sino de origen occitano, de una familia instalada en Montpellier, que en esta época pertenecía a la órbita de la Corona de Aragón por razones históricas y comerciales complejas. Este matrimonio entre un genovés y una occitana es un ejemplo perfecto de cómo funcionaban las alianzas comerciales mediterráneas de la época: no importaba tanto el origen exacto de cada familia como su posición dentro de las mismas redes de comercio.
—Entonces Catalina tenía sangre genovesa por su padre y occitana por su madre.
—Exacto. Y eso, dentro de dos generaciones, se sumará a la mezcla toledana de Diego, que ya llevaba dentro capas de historia hispanorromana, visigoda, bereber, judía y mozárabe, aunque él no tuviera ni idea de nada de eso. El árbol de esta familia, cuantas más carpetas abrimos, más se parece a un mapa entero del Mediterráneo medieval, no solo a una historia de Toledo.
Ariel se quedó mirando el contrato de dote, con su letra cuidada y decorativa, pensando en la cantidad de ciudades distintas que ya habían aparecido en aquel arcón: Toledo, Orgaz, Valencia, Génova, Montpellier, y todavía les quedaba, según había dicho Zacarías el primer día, un vikingo capturado en Sevilla esperando en algún punto mucho más atrás en el tiempo.
—Cada vez que abrimos una carpeta nueva, la familia se hace más grande —dijo Ariel.
—Eso es exactamente lo que va a seguir pasando durante todo el verano —respondió Zacarías, cerrando con cuidado el contrato de dote—. Y cuanto más atrás vayamos, más grande y más mezclada se va a hacer, hasta un punto en el que vas a tener que empezar a hacer cálculos que te van a sorprender bastante.
Capítulo 14 — La occitana de Montpellier
Ariel se despertó con la cabeza un poco aturdida ese día. Hacía demasiado calor. No quiso desayunar ni tomar café, solo agua. Se quedó un rato en el porche, a la sombra, antes de entrar en la biblioteca.
Cuando entró, se sentó a la mesa, con la libreta abierta al lado por costumbre, y esperó a que Zacarías, que ya estaba allí, desplegara los documentos.
—Hoy nos toca la mujer de Marco —dijo Zacarías, mientras sacaba del arcón una carpeta de tamaño mediano, con un sello de cera todavía visible en una esquina, aunque ya cuarteado por el tiempo—. Violant de Montpellier.
—¿Por qué tiene sello y los demás no? —preguntó, señalando la marca de cera.
—Porque este documento tiene un rango distinto. No es un contrato notarial cualquiera. Es una carta con validez casi oficial, sellada por la autoridad municipal de Montpellier. Vamos a verlo con calma.
El primer papel, una vez desplegado, tenía una letra distinta a todo lo que Ariel había visto hasta entonces: más angulosa, con muchas abreviaturas encima de las palabras, como pequeños signos flotando sobre las líneas.
—Esto tampoco es exactamente castellano, ¿no? —dijo Ariel, entrecerrando los ojos.
—No. Esto está en occitano, la lengua del sur de Francia, la misma lengua en la que estaba escrito el testamento de Marguerite de Foix, si recuerdas que la mencioné hace unos días al hablar del árbol completo antes de empezar con los documentos.
—¿Se parece al valenciano que vimos con el contrato de Catalina?
—Buena pregunta, y sí, se parece bastante, porque el occitano y el catalán, y por extensión el valenciano, son lenguas primas, las dos derivadas del latín en una zona geográfica próxima, con una influencia mutua enorme durante toda la Edad Media. De hecho, muchos trovadores que cantaban en las cortes de la Corona de Aragón componían directamente en occitano, porque se consideraba la lengua de mayor prestigio literario de la época en toda esa región.
Ariel intentó leer la primera línea, apoyándose en lo que ya sabía de valenciano. Todavía notaba una leve molestia en la sien.
—Pone algo como "filha"... ¿hija otra vez?
—Exacto, con hache en vez de doble ele, pero el mismo origen. "Filha de Guilhem de Montpellier", en este caso.
Fueron avanzando, más despacio que de costumbre porque el vocabulario le resultaba a Ariel más extraño que el valenciano, hasta que el sentido general del documento empezó a aclararse: era un acta municipal de reconocimiento de linaje, en la que las autoridades de Montpellier certificaban que Violant, hija de una familia señorial local, gozaba de plena honorabilidad para contraer matrimonio fuera de la ciudad.
—¿Por qué necesitaban un documento así? —preguntó Ariel—. En los otros matrimonios no hemos visto nada parecido.
—Porque Marco era extranjero, desde el punto de vista de Montpellier: genovés, de una familia mercantil, sin vínculos de sangre con la nobleza local. Cuando una familia como la de Violant, con cierto estatus señorial dentro de la ciudad, casaba a una hija con alguien de fuera, a veces convenía dejar constancia oficial de que la familia de la novia era honorable, para que no hubiera dudas después sobre la legitimidad de la unión ni sobre los derechos de herencia de los hijos que nacieran de ese matrimonio.
—Entonces era casi como un certificado.
—Es una buena manera de describirlo, sí. Un certificado de respetabilidad, podríamos decir, pensado para proteger tanto a la familia de Violant como a los futuros hijos del matrimonio frente a cualquier cuestionamiento legal.
El segundo documento de la carpeta era mucho más breve: apenas un párrafo, en una letra distinta, más suelta.
—Este es un fragmento de una crónica local de Montpellier —explicó Zacarías—, donde se menciona de pasada la boda de Violant con "un mercader de Génova", sin dar más detalles. Está aquí porque alguien de la familia, generaciones después, debió de encargar una copia de este pasaje al ver que mencionaba directamente a un antepasado.
Ariel leyó el fragmento, esta vez sin demasiada dificultad porque el texto era corto y la letra más clara.
—"En este anyo se maridà Violant, filha de Guilhem de Montpellier, ab un mercadier de Genoa appelat Marco Grimaldi, ab gran alegria de tota la parentela."
—"Con gran alegría de toda la familia" —tradujo Zacarías—. Es un detalle pequeño, casi decorativo, pero interesante: sugiere que este matrimonio no fue una imposición fría, como a veces ocurría en las alianzas puramente comerciales, sino algo que al menos la crónica local decidió describir como una ocasión feliz.
—¿Eso lo sabemos de verdad, o es solo lo que quiso contar quien escribió la crónica?
Zacarías levantó la vista del papel, con una expresión que mezclaba sorpresa y aprobación.
—Esa es exactamente la pregunta que hay que hacerse siempre con este tipo de fuente. Las crónicas, igual que los cuadernos genealógicos como el de Fernando, cuentan la historia desde un punto de vista concreto, con sus propios intereses. Una crónica local solía describir los acontecimientos de la ciudad de manera favorable, casi como una forma de propaganda cívica. Es muy posible que el matrimonio fuera, en efecto, bien recibido. Pero también es posible que el cronista simplemente siguiera la fórmula habitual para este tipo de anuncios, sin que eso reflejara necesariamente lo que sintió realmente la familia.
El tío, que llevaba un rato en silencio siguiendo la conversación, intervino entonces.
—Es curioso que de una mujer como Mencía, en Toledo, casi no quede nada, y en cambio de esta mujer de Montpellier tengamos un certificado municipal y hasta una mención en una crónica.
—Es un contraste muy revelador, sí —dijo Zacarías—. Y probablemente tiene que ver con las diferencias entre cómo funcionaban las sociedades urbanas mediterráneas, más acostumbradas a documentar con detalle los movimientos de las familias con cierta posición social, y las sociedades rurales castellanas, donde ese tipo de registro detallado era mucho menos habitual, sobre todo cuando se trataba de mujeres.
Ariel cerró con cuidado la carpeta, después de anotar algo rápido en su libreta, y se quedó pensando un momento en la cadena de mujeres que ya habían aparecido en el árbol: Mencía con su único documento de compraventa sin apellido de padre, Inés con su fórmula incompleta en el cuaderno de Fernando, Catalina con su carta llena de miedo y añoranza, y ahora Violant, con un certificado casi oficial y una mención feliz en una crónica de ciudad.
—Cada mujer del árbol tiene una cantidad distinta de papel detrás —dijo Ariel—, y no parece que tenga que ver con lo importante que fuera su vida, sino con dónde y en qué familia le tocó nacer.
—Esa es, probablemente, una de las conclusiones más importantes de todo este verano —dijo Zacarías—, aunque todavía nos queden muchos siglos por delante para seguir comprobándolo.
El cuaderno de Fernando (cap. 1 y 2)
El cuaderno de Fernando (cap. 3, 4 y 5)