Aquí empieza la historia de Ariel en un verano caluroso y aburrido, rebuscando entre los documentos antiguos de un arcón, con la ayuda de su abuelo Zacarías. A ver qué nos cuentan.
ARIEL. ANCESTROS
MEDIEVALES
EL CUADERNO DE FERNANDO
Capítulo 1 — La biblioteca cerrada
El verano en la casa de campo tenía siempre el mismo ritmo: calor por la mañana, siesta obligatoria después de comer, y unas tardes interminables en las que el tiempo parecía haberse quedado atascado entre las paredes gruesas y los postigos medio cerrados. Ariel llevaba ya doce días allí y había agotado casi todas las estrategias contra el aburrimiento: la piscina, las novelas que se había llevado, los vídeos que apenas cargaban con la conexión de la zona, las tardes tumbado en el sofá del porche viendo pasar las golondrinas.
Aquella tarde, después de comer, decidió explorar.
La casa había pertenecido a la familia desde siempre, o eso decían, aunque nadie sabía explicar con precisión qué quería decir "desde siempre". Tenía habitaciones que nadie usaba, armarios que nadie abría, y una biblioteca en la planta baja que durante años había estado simplemente cerrada, como si guardara algo demasiado aburrido como para merecer una llave especial.
Ariel empujó la puerta. Olía a papel viejo y a madera barnizada hacía mucho tiempo. Las estanterías llegaban hasta el techo, llenas de libros encuadernados en piel que nadie parecía haber tocado en décadas. Y al fondo, contra la pared, había un mueble distinto a todos los demás: un arcón bajo, de madera oscura, con herrajes de hierro y una cerradura que parecía sacada de una película.
—Así que has encontrado la biblioteca.
Ariel se giró. El abuelo Zacarías estaba en la puerta, apoyado en el marco, con esa media sonrisa que ponía siempre que algo le hacía gracia y no quería que se notara demasiado.
—No sabía que existía esta habitación.
—Existe desde antes que tú y desde antes que yo —dijo Zacarías, entrando despacio—. Aunque llevaba cerrada un tiempo. A nadie le interesan los libros viejos en pleno julio.
—¿Y ese arcón?
Zacarías se acercó al mueble de madera oscura y pasó la mano por la tapa, como quien saluda a un viejo conocido.
—Ese arcón es el motivo por el que esta familia sabe quién es. O al menos parte de quién es.
Ariel se acercó, intrigado a pesar de sí mismo. El abuelo Zacarías tenía un don especial para hacer que las cosas sonaran más interesantes de lo que probablemente eran, pero esta vez algo en su voz sonaba distinto. No era el tono de quien cuenta una anécdota familiar por enésima vez. Era el tono de quien está a punto de enseñar algo que importa de verdad.
—Aquí dentro hay documentos. Muy antiguos. Algunos llevan siglos en esta familia, copiados y recopiados de generación en generación para que no se perdieran.
—¿Documentos de qué?
—De quiénes somos. O de quiénes fuimos, que viene a ser parecido.
Zacarías sacó del bolsillo una llave pequeña, oscurecida por el tiempo, y la introdujo en la cerradura del arcón. El mecanismo cedió con un chasquido seco. La tapa se abrió con un crujido que sonó, en el silencio de la biblioteca, como un trueno lejano.
Dentro había carpetas. Decenas de carpetas, algunas de cuero gastado, otras de cartón más reciente, ordenadas en filas apretadas. Y encima de todas, un cuaderno fino, con las tapas de pergamino oscurecido, atado con un cordel que en algún momento había sido rojo y que ahora era de un color indefinido entre el marrón y el gris.
—¿Qué es esto?
—Esto —dijo Zacarías, cogiendo el cuaderno con un cuidado casi reverente— es lo que nos va a permitir entender todo lo demás. Es una especie de guía. Alguien, hace mucho tiempo, se tomó el trabajo de reconstruir el árbol genealógico de la familia. Y dejó anotado, con bastante más cuidado del que cabría esperar, de dónde venía cada documento, a quién pertenecía y por qué se conservaba.
Ariel se sentó en el suelo, junto al arcón abierto, sin que nadie se lo pidiera. Era la primera cosa en doce días que conseguía que el verano dejara de parecer un paréntesis vacío.
—¿Y quién fue? El que escribió esto, digo.
Zacarías desató el cordel con dedos lentos y abrió la primera página. La caligrafía era apretada, en una letra antigua que costaba descifrar a primera vista, pero legible.
—Se llamaba Fernando. Fernando de Santamaría. Vivió en Toledo, en el siglo XV. Era escribano, lo cual quiere decir que su trabajo consistía precisamente en esto: copiar documentos, organizarlos, dejar constancia escrita de las cosas para que no se perdieran. Su hijo Diego le encargó que reconstruyera la historia de la familia, porque necesitaba demostrar algo importante para la época: que venían de cristianos viejos, sin mezcla con otras religiones ni otros pueblos.
—¿Y era verdad?
Zacarías sonrió, esta vez sin disimular la sonrisa.
—Esa es la pregunta interesante. Fernando reunió documentos verdaderos. No mintió en ningún papel concreto. Pero eligió qué contar y qué dejar fuera, como hace todo el mundo cuando cuenta una historia. Y lo que dejó fuera resulta que era buena parte de la historia.
Pasó la primera página del cuaderno. Había un nombre escrito en la parte superior, con una fecha al lado: Álvaro de Santamaría, n. 1476.
—Empezamos aquí —dijo Zacarías—. Con el hijo de Fernando, Diego, y con el hijo de Diego, Álvaro, que es quien acabaría cruzando el océano. Pero antes de llegar a América, hay diez siglos de historia detrás. Toledo, Al-Ándalus, los reinos cristianos, el Imperio romano, los visigodos, los pueblos bereberes, hasta un vikingo capturado en Sevilla, si me apuras.
—¿Un vikingo?
—Un vikingo. Esto no va a ser un árbol genealógico aburrido, te lo aseguro.
Ariel miró el cuaderno, después el arcón lleno de carpetas, después al abuelo Zacarías, que esperaba con la paciencia de quien sabe que la curiosidad, una vez encendida, no necesita ser empujada.
—¿Por dónde empezamos?
—Por el final —dijo Zacarías—. O por lo que para nosotros es el final: el momento en que la familia cruza el mar. Y desde ahí vamos a ir tirando del hilo hacia atrás, siglo a siglo, hasta donde el hilo nos deje llegar.
Cogió la primera carpeta de cuero gastado, la abrió sobre la mesa de la biblioteca, y dentro había un papel amarillento cubierto de una letra apretada y antigua, con manchas de humedad en los bordes y un sello de cera medio desprendido en la esquina inferior.
—Este es el testamento de Diego de Santamaría —dijo Zacarías—. Año 1495. Aquí empieza todo.
Ariel acercó una silla a la mesa, y por primera vez en todo el verano, sintió que las tardes interminables podían no ser tan interminables después de todo.
Capítulo 2 — El testamento de Diego
El papel crujía al desplegarlo, como si llevara siglos esperando exactamente ese gesto y se resistiera un poco antes de ceder. Zacarías lo extendió sobre la mesa con cuidado, alisando los bordes con la palma de la mano, y acercó el flexo de pie que había junto a la estantería para tener mejor luz, aunque todavía era pleno día.
—Antes de leer nada —dijo—, tienes que saber qué estás mirando. Esto es un testamento. Lo escribió un notario, no Diego directamente, porque en esa época los testamentos los redactaban siempre profesionales del derecho, con fórmulas fijas que había que respetar. Diego solo lo dictó y lo firmó al final.
Ariel se inclinó sobre el documento. La letra era apretada, con muchos rasgos que no se parecían a nada que hubiera visto antes: una efe que parecía una ese larga, abreviaturas con rayitas encima de las palabras, líneas que se curvaban hacia arriba al final de cada renglón como si quisieran escapar del papel.
—No entiendo ni una palabra.
—Al principio nadie entiende ni una palabra —dijo Zacarías—. Eso es completamente normal. Vamos a ir despacio.
Cogió un folio en blanco y un lápiz del cajón de la mesa, y lo puso delante de Ariel.
—La primera norma de este verano: cada documento que abramos, lo vas a intentar transcribir tú antes de que yo te diga lo que pone. No hace falta que lo consigas entero. Con que saques una palabra, una fecha, un nombre, ya habremos avanzado. Y después, cuando lo tengamos transcrito, lo vamos a traducir a un castellano que se entienda, y vamos a apuntar quién era esa persona, dónde vivía y qué tiene que ver con nosotros.
—¿Y si me equivoco?
—Te vas a equivocar todo el rato. Los notarios del siglo XV no escribían para que tú los leyeras cinco siglos después con un margen de error razonable. Pero hay trucos. Mira esto.
Señaló con el dedo una palabra al principio del documento.
—Esto que parece una efe con un palito raro no es una efe. Es una ese. En la letra de la época, la ese minúscula dentro de una palabra se escribía así, alargada, parecida a la efe. Por eso en textos antiguos a veces ves cosas como "mesmo" en vez de "mismo", o como aquí, donde dice...
Ariel entrecerró los ojos.
—¿Pone "Sepan quantos..."?
—Pone exactamente eso. "Sepan quantos esta carta vieren..." Es la fórmula con la que empezaban casi todos los documentos notariales de la época. Significa más o menos "que sepan todos los que vean este documento". Es como el "a quien corresponda" de un escrito de hoy, pero con más ceremonia.
Ariel cogió el lápiz y empezó a copiar, letra por letra, comparando cada trazo del papel amarillento con lo que ya sabía que tenía que decir. Era lento. Más lento de lo que había imaginado que podía ser leer algo. Pero había algo satisfactorio en el proceso, una especie de victoria pequeña cada vez que una letra que parecía un garabato sin sentido se convertía, de repente, en una palabra reconocible.
—Aquí dice un nombre —dijo Ariel, señalando una línea más abajo—. Pero no consigo leerlo entero.
Zacarías se inclinó sobre el papel.
—"Diego de Santamaría, vezino de Toledo." Vecino se escribía con zeta en esta época, fíjate. El castellano todavía no se había puesto del todo de acuerdo consigo mismo sobre cómo escribir ciertos sonidos.
—¿Y por qué pone que es vecino de Toledo? ¿No es obvio si vivía allí?
—Es una fórmula legal. Indicar la vecindad servía para situar a la persona dentro de una jurisdicción concreta, para saber qué leyes locales le aplicaban, ante qué autoridades respondía. No era un detalle decorativo: tenía consecuencias prácticas.
Siguieron así durante un buen rato, línea por línea, con Ariel transcribiendo y equivocándose y corrigiendo, y Zacarías interviniendo solo cuando el atasco se alargaba demasiado. Poco a poco, el testamento fue revelando su contenido: Diego de Santamaría, vecino de Toledo, hijo legítimo de Fernando de Santamaría y de Inés de la Vega, en su sano juicio aunque cargado de años, dejaba constancia de su voluntad antes de partir hacia las Indias.
—Aquí —dijo Zacarías, señalando un párrafo hacia la mitad del documento— está la parte que de verdad importa para lo que estamos haciendo. Léela tú.
Ariel se esforzó con las abreviaturas, que en este punto del documento se multiplicaban, como si el notario hubiera tenido prisa por terminar.
—"Mando a... Álvaro, mi hijo... todos mis bienes... e la casa... e los papeles del linaje que... que fizo... Fernando mi padre..."
Levantó la vista.
—¿Los papeles del linaje?
—Esos papeles —dijo Zacarías, señalando con un gesto amplio todo el arcón abierto sobre la mesa— son precisamente lo que tenemos delante. Diego, en su testamento, le deja a su hijo Álvaro no solo la casa y el dinero, sino también el cuaderno genealógico que había compilado su abuelo Fernando. Sabía que tenía valor. Sabía que era importante conservarlo.
Ariel se quedó mirando el cuaderno de tapas de pergamino que Zacarías había dejado a un lado de la mesa, el mismo que habían abierto el día anterior.
—Entonces este cuaderno es el que menciona el testamento.
—El mismo. O una copia muy fiel de él. Por eso lo vamos a usar como guía: porque es el documento que organiza todos los demás. Cada vez que abramos una carpeta nueva del arcón, vamos a comprobar primero qué dice el cuaderno sobre esa persona, y después vamos a leer el documento original para confirmarlo, matizarlo o, a veces, descubrir que el cuaderno se equivocó o decidió no contarlo todo.
—¿Fernando mentía?
—Fernando no mentía exactamente. Pero elegía. Y elegir qué contar y qué callar, cuando hablamos de la historia de una familia, puede ser una forma muy eficaz de mentir sin decir una sola palabra falsa.
Ariel anotó eso en el folio, debajo de la transcripción a medio terminar, como si fuera la primera pista de verdad de todo el verano.
—Entonces el primer documento es el de Diego —dijo Ariel—. ¿Y el segundo?
Zacarías sonrió y rebuscó en el arcón, sacando con cuidado una segunda carpeta, más fina, con las esquinas dobladas.
—El segundo nos lleva a Valencia. A una mujer llamada Catalina Grimaldi, que un buen día llegó a Toledo hablando con acento italiano y nunca se acostumbró del todo a la cocina castellana.
Fuera, el calor de la tarde seguía pegado a las persianas medio bajadas, pero dentro de la biblioteca, por primera vez en todo el verano, Ariel no tenía ninguna prisa por que el día terminara.
